Al final del camino.

Te presentaste hablando de tus lunares, y de todas las constelaciones que se podían dibujar con ellos, pero en realidad son pequeños volcanes en erupción, esperando que alguien llegue y los apague cada noche.

Me contaste historias que me hacían reír más allá de la risa, te sabes de sobra mis mentiras, e hiciste que dejara de besar bocas que no me decían nada, para escuchar la palabra “amor” cada vez que besaba la tuya.

Cuidaste de mis heridas hasta curarlas, y fuiste, y serás, el Yin del Yang de mi locura. Eras tú quien me miraba incluso cuando iba con la mirada perdida.

Contigo aprendí a ir de las palabras a los hechos, y de los hechos a los orgasmos. Del llanto a la carcajada, sin encontrar excusa para perderme por el camino, porque al final, allí estabas tú, como siempre, enseñándome a vivir

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