Al final del camino.

Te presentaste hablando de tus lunares, y de todas las constelaciones que se podían dibujar con ellos, pero en realidad son pequeños volcanes en erupción, esperando que alguien llegue y los apague cada noche.

Me contaste historias que me hacían reír más allá de la risa, te sabes de sobra mis mentiras, e hiciste que dejara de besar bocas que no me decían nada, para escuchar la palabra “amor” cada vez que besaba la tuya.

Cuidaste de mis heridas hasta curarlas, y fuiste, y serás, el Yin del Yang de mi locura. Eras tú quien me miraba incluso cuando iba con la mirada perdida.

Contigo aprendí a ir de las palabras a los hechos, y de los hechos a los orgasmos. Del llanto a la carcajada, sin encontrar excusa para perderme por el camino, porque al final, allí estabas tú, como siempre, enseñándome a vivir

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Nuestro libro

Eres una pesadilla vestida de sueño.

A veces se me olvida, intento desnudarte de nuevo, y vuelvo a ver lo peor de ti.

¡Qué bonita estas con esa careta puesta! Incluso llego a creerme eso de que me quieres, que tontería. Demasiado tiempo perdido para mi gusto, demasiadas batallas perdidas, demasiadas palabras al viento.

Ni tú, ni yo nos merecíamos esto, somos como ese libro de final abierto que espera ansioso su segunda parte, un desenlace que aún no he sido capaz de leer, ni lo seré.

Culpable.

Me siento culpable de no necesitarte.

Así de simple e irónico a la vez.

Estoy en un punto en el que no sé si te echo de menos a ti, a mi cuando estaba contigo, o a la mentira que me hacías sentir. Estaba. Hacías. Pasado.

Después de tanto tiempo sin verte, no solo no necesito hacerlo, si no que no quiero. Me niego. Lo pienso, y me produce pereza, cansancio. Otra vez lo mismo. No quiero. Y me siento culpable.

Me acostumbré tanto a ser yo quien te buscaba, que no hacerlo me hace sentir rara, y me sulfura que vengas y me reclames.

Tengo rabia dentro de mi, todo el amor se está volviendo odio. A ti. A mi. No sé.

Y, ¿sabes qué?, me siento culpable.